Así es Finca Ambrosía, el lugar donde nacen vinos muy ricos, con un enólogo australiano y un asesor de primera línea con una larga historia en el mundo de la vitivinicultura.
Siempre es un disfrute llegar a la bodega ubicada en una hermosa zona de Agrelo, en Luján de Cuyo. El día estaba frío y lluvioso, pero la picada y los vinos aceleraron la charla con el siempre sonriente Julián Gómez, Gerente General y todo terreno de Ambrosía.
Una bodega de 700.000 litros, tanques revestidos en mármol y 700 barricas
Malbec, espumosos, blends y microvinificaciones conviven en un edificio pensado para más de lo que hoy se produce. Un recorrido por dentro con su gerente general, Julián Gómez.
Pocas bodegas tienen un detalle que sorprenda tanto como este: los tanques donde fermenta el vino están revestidos por fuera con mármol. No cumple ninguna función técnica. Fue, según cuentan, un capricho estético de quien levantó buena parte de la construcción, un abogado de profesión que tenía además una empresa dedicada al mármol.
«Fue una locura de Don Sottano. Quería que la bodega se viera más bonita», explica Julián Gómez, gerente general de Finca Ambrosía, durante un recorrido por las instalaciones. Por dentro, aclara, no hay nada raro: las piletas son de cemento recubierto con epoxi y tienen camisa para controlar la temperatura, como cualquier pileta tradicional. El mármol es solo la piel. En el subsuelo, hasta el piso está cortado con piedra.
Capacidad para 700.000 litros
La bodega tiene una capacidad de 700.000 litros, un volumen que la marca Finca Ambrosía por sí sola no produce. De ese margen surgió una decisión: aprovechar la capacidad ociosa trabajando con terceros. Hoy el edificio presta además servicio a otros colegas. Algunos les compran la uva y reciben el servicio de elaboración; otros traen su propia uva y la vinifican allí.
Los números lo reflejan: la bodega muele unos 300.000 kilos propios y otros 150.000 de terceros. «Tratamos de darle un uso al 100%», resume Gómez.
Las piletas también cuentan una historia de crecimiento. Hay tamaños de 4.800, 3.700 y 3.600 litros, pensadas para un circuito clásico: se comienza a fermentar en una de 4.800 y se pasa al descube en una de 3.600 ubicada en el nivel inferior. También hay piletas de 2.600 litros, un tamaño que Gómez define como ideal para microvinificaciones. Con los años se sumaron tanques que la bodega original no tenía, algunos de acero inoxidable para la fermentación de los blancos.
Un parque de 700 barricas en varios pisos
Si hay un número que muestra cómo evolucionó el proyecto es el de las barricas. La sala fue diseñada para 500; hoy hay 700, y el espacio colapsó. Por eso una parte del parque está en el subsuelo, donde la temperatura natural, dice Gómez, es «espectacular». En algún momento se pensó en hacer allí una sala de degustación, pero el frío llevó a dejarla solo para guarda.
La explicación es estilística. Antes, una barrica se descartaba tras tres o cuatro usos. Hoy, con la búsqueda de vinos de menor impacto de madera, hay barricas de cinco o seis años en perfecto uso. «Buscamos la microoxigenación y la evolución del vino, pero no maderizar el vino», sintetiza.
La bodega repone barricas todos los años y en los últimos tiempos se inclinó por el formato de 500 litros, que les resulta muy funcional frente a la bordolesa tradicional de 225. La madera es casi exclusivamente roble francés, de varias tonelerías, para probar distintos tostados. Al fondo, además, hay fudres de 1.000, 2.000 y 3.000 litros.
Cuatro gamas y una familia de espumosos
La historia comercial arrancó en 2010 con un solo vino, un Malbec. Hoy el catálogo es extenso y se ordena en cuatro gamas más una línea de espumosos:
Casa Ambrosía, con tres varietales.
Luna Llena, también con tres varietales.
Viña Única, con cuatro clásicos: Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Chardonnay. La misma estructura se repite en la línea Precioso.
Grand Cru, los dos topes de gama: un blend de cuatro varietales (Merlot, Malbec, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc) y un Malbec 100%.
Espumosos, la incorporación más reciente, con bases de Chardonnay: un blend Brut Nature y un Extra Brut rosado de Chardonnay y Pinot Noir.
Mercado interno y exportación
El mercado argentino sigue siendo el principal, con cerca del 60% de las ventas. Gómez explica que el mapa cambió: hace tres o cuatro años la frontera con Brasil traccionaba ventas de alta gama gracias al tipo de cambio, y hoy ese flujo está más lento. El eje que mejor funciona es el cordón central, entre Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza, mientras que el sur está más flojo por la menor actividad turística.
En el exterior, la marca está presente en Estados Unidos, México, Brasil, Paraguay, Uruguay y Perú; en Europa, en Inglaterra, Escocia, Irlanda y Suiza; y avanza en Asia, con Japón, China y Singapur.
Para una bodega chica, sin grandes campañas en ferias, revistas o puntajes, la receta es simple: «Si se viaja, se vende». «Nuestro marketing es boca a boca: que la gente vea el producto y le ofrezcamos calidad-precio», dice Gómez. Es, admite, un trabajo lento y de mucho esfuerzo.
El enólogo australiano que desembarcó en Mendoza
Detrás del proyecto está Jono Thompson, enólogo australiano que hace poco tiempo se instaló a vivir en Mendoza. Según los perfiles públicos disponibles, Jonathon «Jono» Thompson es originario de Rutherglen, en el estado de Victoria, una región tradicional del vino australiano donde creció junto a su abuelo, Roy Dempsey, que trabajó más de seis décadas en viñedos y bodegas de la zona. Se formó primero en viticultura y luego en vinificación en Rutherglen Estates, y trabajó en California y en Italia, en Poggiotondo, en el Chianti. En 2017 fundó junto a sus socios Kirby y Luke Heyme la bodega Memento Wines.