La historia de Felipe Menéndez no empieza en la tierra, sino en el mar. O al menos ahí están sus raíces más visibles: una familia atravesada por oficios marineros, por una lógica de vida ligada al agua, al movimiento constante. Sin embargo, desde muy chico, algo en él tironeaba hacia otro lado. Como una intuición persistente, casi un llamado, el vino empezó a hacerse lugar en su imaginario mucho antes de convertirse en destino.
No era una idea aislada. Había una memoria más profunda, una herencia que se remontaba a los tiempos de Melchor Concha y Toro. Casi como un mantra la idea del vino estaba ahí. Y había algo más que vocación; había una forma de proyectar la vida. Porque el vino, para él, no era solo bebida ni industria: era campo, era agricultura, era también ciudad y mundo. Era la posibilidad de unir territorios, de transformar lo que nace de la tierra en algo capaz de viajar lejos.
Ese impulso encontró cauce cuando, siendo muy joven, conoció a Nicolás Catena. A partir de ahí, la historia empezó a tomar forma concreta. Durante diez años, en Catena Zapata, aprendió el oficio. No solo la técnica, sino también la mirada: entender el vino como cultura, como precisión y como búsqueda. Fue una década de formación intensa, de esas que dejan marca. Y después, el paso inevitable: el proyecto propio.
Pero hay momentos que funcionan como bisagra. Para Felipe, uno de esos días ocurrió en 2008, en una degustación a ciegas dentro de la bodega. En ese entonces, la vitivinicultura argentina estaba lejos del lugar que ocupa hoy. Era otra época: etiquetas que hoy parecen históricas recién comenzaban a aparecer, y el ejercicio de probar lo nuevo era también una forma de anticipar el futuro.
Entre esas botellas apareció una distinta. Un vino patagónico. Lo único que sabían era que lo hacía una italiana, en el sur. Nada más. Pero alcanzó. Ese vino dejó una impresión profunda, difícil de explicar en palabras, como si hubiera abierto una puerta.
Diez años más tarde, la vida cerraría ese círculo de manera inesperada. Ese mismo viñedo —plantado por aquella italiana, al pie de las bardas en Valle Azul, sobre la margen sur del Río Negro— terminaría en sus manos. No como una casualidad aislada, sino como el resultado de una búsqueda paciente. Porque después de aquella degustación, Felipe se dedicó a recorrer la Patagonia durante años: caminarla, observarla, entenderla con ojos de productor.
Lo que encontró fue un territorio todavía en estado casi puro. Lugares intactos, vírgenes, donde el vino aún no había dicho su última palabra. Desde las sierras de granito en Paso del Sapo, en Chubut, hasta el norte neuquino donde el paisaje se funde con Mendoza y Chile, la Patagonia se le reveló como un mapa lleno de promesas.
Ahí aparece también una idea generacional. La conciencia de estar en un momento único: formar parte de un grupo de productores que todavía pueden descubrir, plantar, crear desde cero. En un mundo donde casi todo parece ya hecho, la Patagonia ofrece algo cada vez más escaso: la posibilidad de explorar. De encontrar.
Hoy, esa búsqueda tiene un punto concreto: Valle Azul. El viñedo Araucana se convirtió en el corazón del proyecto, un lugar que entrega vinos precisos, expresivos, con un merlot que —dice— alcanza niveles extraordinarios. Pero incluso en ese presente consolidado, hay algo que no se detiene.
Porque en la cabeza de Felipe Menéndez siguen latiendo todos esos paisajes recorridos, esos lugares que quedaron marcados en el radar durante años de exploración. Son proyectos en espera, territorios que todavía guardan su secreto.
Y en esa tensión —entre lo que ya es y lo que todavía puede ser— se construye su historia. Una historia que, como el vino que persigue, no deja de evolucionar.