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¿Cúando la cerveza se convirtió en una “birrita”?

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¿Cúando la cerveza se convirtió en una “birrita”?

¿Cúando la cerveza se convirtió en una “birrita”?

Opinión. Por Eduardo Maccari. Fundador de Cerveza Jerome (1997)

Una reflexión sobre el valor, la cultura y el futuro de una bebida milenaria

Hay palabras que parecen inocentes hasta que empiezan a definir aquello que nombran. En algún momento, en Argentina, la cerveza se convirtió en birra. Y después, casi inevitablemente, en birrita.

No hay nada malo en esas palabras. Son populares, cercanas y forman parte de nuestra cultura. El problema es otro: quizás quienes hacemos cerveza terminamos vendiéndola también como una birrita. Una pinta. Un happy hour. Un 2×1. Una promoción. Y después nos sorprendimos cuando comenzó a costarnos venderla por lo que realmente vale.

Algo más que la economía

La explicación más sencilla sería responsabilizar a la economía argentina. Y sería parcialmente cierta.

La pandemia golpeó particularmente a las cervecerías artesanales, enormemente dependientes de bares y gastronomía. Después llegaron inflación, pérdida de poder adquisitivo y una fuerte retracción del consumo.

Según estimaciones de la Cámara de Cerveceros Artesanales de Argentina, el sector artesanal perdió alrededor del 20% de su volumen en 2024 y otro 10% en 2025. Pero hay un dato que obliga a mirar más profundo.

Durante 2025, mientras el consumo comenzaba una recuperación parcial, las bebidas alcohólicas en conjunto crecieron alrededor del 2,3% en volumen. La cerveza artesanal, en cambio, continuó sufriendo.

Por lo tanto, quizás la economía explique una parte de nuestra crisis. Pero no toda. La revolución artesanal que quedó encerrada en sí misma. La cerveza artesanal argentina protagonizó una revolución extraordinaria.

Hace veinte años prácticamente nadie pedía una IPA en un bar. Hoy hablamos naturalmente de maltas, lúpulos, levaduras, aromas y fermentaciones.

Aparecieron cientos de fábricas, cervecerías, festivales y miles de consumidores apasionados.

Pero existe una paradoja. Después de semejante revolución cultural, la cerveza artesanal continúa representando apenas alrededor del 2–3% del mercado cervecero argentino. Creamos una tribu extraordinaria. Pero quizás nos enamoramos demasiado de ella.

IPA. Session IPA. NEIPA. Doble IPA. Más lúpulo. Más aroma. Más novedad. Mientras discutíamos cuál era la mejor IPA, una enorme cantidad de consumidores permanecía afuera de esa conversación. No porque estuvieran equivocados. Simplemente porque dejamos de hablarles. Mientras otros construían valor

Mendoza conoce perfectamente cómo una bebida puede construir cultura.

El vino no se presenta simplemente como jugo de uva fermentado.

Habla de varietales, terroir, añadas, altura, viñedos, productores, gastronomía y paisaje. El café hizo algo parecido. Hoy hablamos de origen, finca, tostado y métodos de extracción. La coctelería recuperó cristalería, ingredientes, técnica y ritual.

La cerveza posee también un universo extraordinario. Agua. Cereales. Lúpulo. Levadura. Fermentación. Recetas. Historia. Productores. Territorio. Gastronomía.

Sin embargo, demasiadas veces elegimos comunicar:

Happy hour de 18 a 20. No hay nada malo en una promoción. El problema comienza cuando la promoción deja de ser una herramienta comercial y se transforma en la identidad del producto. Porque cuando algo está permanentemente en oferta, inevitablemente empezamos a pensar que ése es su verdadero valor.

Los jóvenes no son el problema. También escuchamos con frecuencia otra explicación: “Los jóvenes ya no toman”.

No parece tan sencillo. Las nuevas generaciones están cambiando sus hábitos. Existe mayor moderación y aparecen cervezas sin alcohol, kombuchas, cafés, aperitivos y nuevas categorías.

Pero eso no necesariamente significa abandonar la cerveza. Significa que existen más bebidas compitiendo por el mismo momento. Y quizás ése sea precisamente nuestro desafío.

La cerveza 0.0 no debería asustarnos. Puede permitir tomar una cerveza al mediodía, después de hacer deporte, antes de manejar o simplemente cuando alguien no quiere consumir alcohol.

La pregunta no debería ser cómo obligamos al consumidor a volver a beber como antes.

La pregunta debería ser: ¿cómo conseguimos que siga eligiendo cerveza?

Una bebida popular también puede tener prestigio. Aquí quizás cometimos nuestro mayor error conceptual.

Confundimos popular con barato. Y no son sinónimos.

Una cerveza puede ser profundamente popular y al mismo tiempo tener identidad, calidad y valor.

Puede servirse correctamente. Puede acompañar gastronomía. Puede hablar de su origen. Puede tener una historia. Puede costar lo que corresponde.

No necesitamos convertirla en una bebida elitista.

Necesitamos dejar de pensar que para venderla siempre tenemos que abaratarla. Mendoza tiene algo para decir

Vivimos en una provincia que construyó buena parte de su identidad contemporánea alrededor de una bebida.

Mendoza demostró que una copa puede contener mucho más que líquido. Puede contener paisaje, cultura, gastronomía, turismo y territorio.

La cerveza mendocina también tiene una historia para contar.

Tenemos Cordillera. Agua de montaña. Productores. Gastronomía. Turismo. Cervecerías urbanas y de montaña. Décadas de oficio. Quizás haya llegado el momento de empezar a hablar de una verdadera cultura cervecera mendocina. No para competir contra el vino. Para sentarnos a su lado. Volvamos a ganar la mesa

La cerveza no está desapareciendo. La humanidad lleva miles de años elaborándola y probablemente continuará haciéndolo durante miles más. Lo que sí puede cambiar es el lugar que ocupa en nuestra cultura.

Por eso quienes hacemos cerveza tenemos que dejar de preguntarnos solamente cómo vender más pintas este fin de semana. Tenemos que volver a preguntarnos por qué alguien debería elegir una cerveza. Tenemos que recuperar calidad, servicio, relato, gastronomía, innovación, territorio y orgullo por el oficio.

Seguir haciendo IPA, por supuesto. Pero también lager, stout, cervezas de trigo, belgas, cervezas gastronómicas, 0.0 y todas aquellas capaces de conquistar nuevos momentos y nuevos consumidores. La próxima revolución cervecera argentina quizás no consista en inventar otro estilo. Quizás consista simplemente en volver a darle valor a la cerveza.

Porque puede ser popular sin ser barata.

Puede ser divertida sin perder prestigio.

Puede ser moderna sin renunciar a miles de años de historia.

Y puede volver a ganar espacio frente a todas las bebidas que hoy compiten por nuestra elección. No necesitamos renegar de la birra. Necesitamos recordar todo lo que hay detrás de ella.

Porque antes que una birrita, es cerveza.

Y quizás haya llegado el momento de volver a decirlo.

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Sarasa. Me avisaron y me quedé. Amo a mi familia y al vino. Mendoza es mi lugar.

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