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El gran desafío de la olivicultura es vender diferencia y segmentación, no solo aceite

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Productores de Mendoza y San Juan coinciden en que la campaña fue positiva. Sin embargo, advierten que la caída de inversiones, la competencia subsidiada de Europa y la necesidad de posicionar aceites de alta calidad para mejorar el futuro del sector.

La cosecha olivícola 2026 terminó con un saldo alentador para dos de las principales regiones productoras del país. Tanto en Mendoza como en San Juan hubo buenos rindes de fruta, una calidad destacada y un clima que acompañó prácticamente todo el ciclo productivo.

Sin embargo, detrás de ese buen resultado aparece una preocupación compartida entre productores, industriales y dirigentes: la olivicultura argentina necesita dejar de competir solamente por volumen y comenzar a hacerlo por diferenciación, innovación y valor agregado.

Ese fue el punto en común que dejaron las entrevistas realizadas por Agro Recargado a Miguel Zuccardi, Gabriel Guardia y Daniel Fernández, presidente de la Cámara Olivícola de San Juan.

  

Una campaña que dejó conformes

Para el ingeniero agrónomo Miguel Zuccardi, la temporada estuvo favorecida por las condiciones climáticas. Las heladas registradas a comienzos de mayo no llegaron a afectar la producción y permitieron mantener la calidad hasta el final de la cosecha.

El especialista considera que Mendoza venía de un año excepcional, mientras que otras zonas productoras, como Chilecito y el sur sanjuanino, tuvieron desempeños diferentes, aunque el resultado general fue una cosecha nacional de características normales a buenas.

En San Juan, Daniel Fernández coincide con ese diagnóstico. Según explicó, la provincia obtuvo alrededor de un 30% más de fruta que en 2025, aunque apareció un inconveniente inesperado: el contenido graso de las aceitunas fue inferior al habitual, reduciendo el rendimiento industrial del aceite. A esto se sumó otro problema: el precio internacional comenzó la cosecha cerca de los 5.000 dólares por tonelada y luego cayó hasta aproximadamente 4.150 dólares, mientras el mercado permanece expectante por la producción española.

El futuro pasa por los aceites premium

Si hay una idea que atraviesa las entrevistas es que Argentina difícilmente pueda competir con Europa en cantidad. España posee cerca de 2,7 millones de hectáreas de olivos, mientras que Argentina apenas supera las 70.000 hectáreas.

Por eso, Zuccardi sostiene que el camino es otro: apostar a la calidad, aprovechar la cercanía con Brasil —segundo importador mundial de aceite de oliva— y consolidar el desarrollo del oleoturismo como una herramienta para posicionar la marca Mendoza.

Gabriel Guardia lleva ese concepto un paso más allá. El enólogo propone que Mendoza deje de vender simplemente aceite de oliva y se convierta en una referencia mundial en aceites con alto contenido de polifenoles, compuestos vinculados con propiedades saludables.

Su iniciativa contempla la creación de un sello certificado científicamente, respaldado por organismos como INTI, CONICET, médicos y nutricionistas, que permita diferenciar esos productos y comercializarlos hasta cinco veces por encima del precio de un aceite convencional.

La estrategia, asegura, podría convertirse para el aceite en lo que el Malbec significó para el vino mendocino.

Competir con Europa sigue siendo el gran problema

La preocupación por el acuerdo Mercosur-Unión Europea también apareció en las tres voces. Zuccardi recordó que los aceites europeos ingresan protegidos por un arancel que comenzará a reducirse progresivamente durante los próximos quince años. El problema, afirma, es que los productores europeos reciben importantes subsidios estatales, situación que coloca a la producción argentina en desventaja.

Daniel Fernández fue aún más explícito. El presidente de la Cámara Olivícola de San Juan explicó que los productores europeos reciben ayudas que representan más del 25% de sus costos de producción, permitiéndoles vender aceite incluso por debajo del costo argentino.

El mercado brasileño, principal destino regional, ya comienza a sentir esa presión competitiva.

El productor necesita rentabilidad para que no desaparezcan los olivares

Uno de los mensajes más contundentes llegó de Gabriel Guardia. El especialista sostuvo que ningún productor arranca un olivo por gusto. Los olivares desaparecen porque dejan de ser rentables.Por eso insiste en que el verdadero objetivo debe ser pagar mejor la aceituna mediante productos de mayor valor agregado. Solo así, afirma, volverán las inversiones, las plantaciones intensivas y la modernización tecnológica que hoy se está viendo en otras provincias, pero no en Mendoza.


Gabriel Guardia: Maipú quiere convertirse en la segunda denominación mundial del aceto balsámico

Mientras impulsa los aceites premium, Gabriel Guardia también trabaja en otro proyecto ambicioso: obtener para Maipú la primera Identificación Geográfica (IG) de aceto balsámico fuera de Módena.

La iniciativa busca posicionar al Aceto Balsámico Maipú como un producto de élite elaborado con uva criolla, generando una nueva salida comercial para esa variedad y aportando valor agregado a la vitivinicultura mendocina.

Guardia sostiene que los productos elaborados en Mendoza ya alcanzan un nivel comparable —e incluso superior en algunos casos— al tradicional aceto italiano y considera que esta industria podría transformarse en una nueva fuente de desarrollo económico para la provincia.


Daniel Fernández: «Sin incentivos, las grandes inversiones no llegan»

Antes de hablar de la cosecha, Daniel Fernández puso el foco sobre un problema estructural que afecta al sector.

El dirigente advirtió que muchas empresas agroindustriales quedaron fuera de los regímenes nacionales de promoción de inversiones porque no cumplen las condiciones del RIGI, pero tampoco pueden acceder al RIMI.

Según explicó, esa situación deja a proyectos olivícolas y pistacheros sin beneficios fiscales fundamentales, como la amortización acelerada o la recuperación temprana del IVA de inversión.

Para Fernández, la consecuencia es clara: la provincia pierde inversiones millonarias en actividades que requieren entre ocho y diez años para comenzar a recuperar el capital invertido, mientras otros sectores económicos sí cuentan con incentivos específicos.

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